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Las primeras cien páginas

31 de marzo de 2011


Es fácil empezar una novela. Como en el chiste de la persona que quiere dejar de fumar: es fácil, yo lo he hecho decenas de veces...
Es fácil escribir comienzos de novelas (Italo Calvino ya fantaseó con la posibilidad de escribir una novela sólo hecha de comienzos de novela).
Es fácil escribir las cien primeras páginas de una novela.
Lo difícil es redondearla, sacarla adelante sin que ella o tú desfallezcais, seguir creyendo en un proyecto que quizá llevabas mucho tiempo en la cabeza y que, en su realización, no se parece en nada a la novela que tú creías tener pergeñada...
Es difícil acabar una novela. Como en otras actividades fisiológicas, es algo que debes hacer tú solo, que nadie puede hacer por ti. Ahora que incluso pueden parir por ti (en Estados Unidos están permitidos los llamados "vientres de alquiler"), nadie, nadie en absoluto puede escribir por ti.

(En la ilustración, un manuscrito de Benito Pérez Galdós; la cocina de la escritura).

A mano o a máquina

7 de febrero de 2011

Sí, lo reconozco: he vuelto a escribir a mano. Mis textos más personales, los que hablan de mi vida íntima y cotidiana los escribo a mano. En libros en blanco ad hoc. Cuadernos como el de la ilustración, que tiene grabada una página de Balzac, de su Eugenie Grandet, con sus correcciones a mano del propio autor, y su firma, sus garabatos también (la creación nunca es rectilínea).
Empecé escribiendo mis diarios a máquina y ahora son manuscritos.
¿Y vosotros, queridos amogos? ¿Escribís ya siempre a ordenador? ¿O todavía os resulta placentero deslizar el útil de escritura -un pilot, por ejemplo- por papeles ahuesados, verjurados, encuadernados...?

Vocación literaria I

1 de mayo de 2010



La vocación literaria siempre es mimética. Esto no quiere decir que se quiera ser exactamente como otra persona, un escritor relevante en este caso. Puede haber -y la hay- una lenta impregnación del fermento literario, una impalpable instilación del veneno de las letras en el espíritu del aprendiz literato. Tan sutil incluso que ni siquiera el interesado (el perjudicado podríamos decir) es consciente de ello.
Aun así, si la vocación literaria no es una súbita caída en el camino de Damasco, una conversión fulgurante debido al contacto con un autor u obra extraordinariamente impactante, siempre habrá unas figuras de referencia, unos autores concretos, de carne y hueso, a los que se admira de corazón. Y puede ser que no sólo por razones íntrínsecas a la literatura sino también por motivos extraliterarios. Las biografías de los escritores son, al respecto, muy reveladoras. Y aunque puedan tener un efecto corrosivo, en general poseen la virtud de situar la obra literaria en un contexto vital reconocible, con el que el lector se puede identificar.
Uno de mis santos de devoción es doña Emilia Pardo Bazán, tanto por la potencia de su obra literaria como por su arrolladora personalidad. Yo lo he dicho muchas veces: De mayor quiero ser doña Emilia Pardo Bazán. Y una vez casi lo consigo: alguien me preguntó que si yo escribía y cómo me llamaba; le dije el nombre de la escritora gallega;que si quería saber de mí, tecleara emiliapardobazan en el google. Pero fui piadosa y deshice la broma de inmediato.

(En la ilustración, el despacho de doña Emilia Pardo Bazán en la Casa Museo de La Coruña).