Tula

6 de septiembre de 2010

Gertrudis Gómez de Avellaneda (Tula para su círculo más íntimo) nació en Cuba en 1814. Después de una primera juventud en la isla (donde se formaría su talento poético y lugar de inspiración para novelas como "Sab") se instaló en la península, primero en La Coruña, luego en Sevilla y finalmente en Madrid. Allí desarrollaría su labor literaria y allí fallecería en 1873 -su cadáver saldría rumbo al cementerio desde su domicilio de la calle Ferraz.
Fue una mujer hermosísima a decir de sus contemporáneos (es posible que el retrato de Madrazo no le haga justicia) y con un temperamento apasionado. Lo cual la hacía doblemente temible.. De ese temperamento, que une a su talento literario, da cuenta el epistolario que se conserva dirigido a un tal Cepeda (un aristócrata sevillano, pavisoso de por sí, que fue incapaz de estar a la altura de a pasión que la cubana le ofrecía), así como las cartas que dirigiría a Tassara (con quien tuvo una hija) y a un corresponsal al principio anónimo (otro paniaguado).
Además de la citada novela y una temprana autobiografía, la Avellaneda escribió obras de teatro y sobre todo poesía.
A un listo de la época no se le ocurrió elogiarla más que de este modo: "¡Es mucho hombre esta mujer!".

Gertrudis Gómez de Avellaneda, "Poesías y epistolario de amor y amistad". Madrid, Castalia, 1989.

4 comentarios:

RAR dijo...

Tan brillante como siempre, me muerdo los nudillos por leer esa novela; besos compañera. RAFA.
Te invito a pasarte por mi nuevo blog, que aun está en pañales: http://escritoresnuevos.blogspot.com para promocionar gente como nosotros quese quieren abrir paso en este mundo de letras tan inundado ultimamente por belenes esteban, matamoros y demás famisillos pseudoescritores.

Un abrazo

Laura Uve dijo...

HLO, la conozco bien... trabajé la prensa femenina de Barcelona del siglo XIX y, claro, tope con las literatas de la época isabelina y hasta los años 80... Unas mujeres de clase acomodada que intentaban respetar el papel que la sociedad les adjudicaba, pero claro, el mero hecho de escribir (y, por tanto, de tomar la palabra) ya les hacía trasgredir las normas.
Esa frase que mencionas aparece porque los hombres no podían asimilar que una mujer entrara en su territorio, así que si entraba es que era hombre o actuaba como tal... ¡¡¡menuda tontería!!!
Interesante entrada, un abrazo

HLO dijo...

Rafa: ya me he pasado por el nuevo blog y te he dejado mi enhorabuena. A ver si un día brindamos con anís...del bueno.

Laura: me interesa mucho el tema. ¿Tienes publicado algo sobre esas damas isabelinas y de la Restauración? Si es así, me gustaría leerlo.

Saludos

Laura Uve dijo...

No lo tengo publicado. Lo envié a una revista de historia y no lo publicaron. Como yo misma me sentía insegura al meterme en "camisa de once varas" lo dejé aparcado de momento. Pero no tengo ningún problema en enviártelo. Así puedes ver la bibliografía que utilicé también. ¿¿Cómo lo hacemos??